Cada vez que escucho a algún cretino defendiendo alguna barbaridad –algo que cada vez sucede con más frecuencia– me acuerdo del artefacto de Nicanor Parra en el que proponía crucificar un gato para ver qué pasaba. Y no puedo evitar un sentimiento entre la pena y el asco al darme cuenta de que muchos de esos cretinos no se dan cuenta de que acabarán siendo los gatos.