Todo va tan rápido que apenas tenemos tiempo para asombrarnos de los nuevos avances tecnológicos. Tanto que, de un día para otro, se devalúan en el fluctuante mercado de nuestras emociones y pasan a formar parte de la rutina cotidiana. Empiezo a comprender que era mucho más excitante, en los tiempos pasados, conseguir algún disco grabado en una cinta TDK que la barra libre que hoy nos ofrece Spotify. Todo valía más cuando teníamos menos.