
Este de la foto no soy yo, y con esta afirmación no quiero emular a Magritte cuando pintó una pipa y escribió que no lo era, ni mucho menos dármelas de semiólogo que intenta explicar que una imagen mía solo es un signo que se parece a mí y que, obviamente, no es lo que yo soy. Lo que quiero decir es mucho más pedestre.
Este de la foto no soy yo porque representa solo esa parte de mí que se pone el disfraz de escritor para promocionar, de cuando en cuando, algún libro, o que se pone unas gafas de sol «por tener más carisma y sintomático misterio».
En mi vida diaria, desde hace años, ni siquiera me gusta llevar gafas de sol, ni mucho menos posar para la cámara. Porque lo que hago normalmente es dar clases de lengua y literatura en un instituto, una actividad que absorbe casi todo mi tiempo.
En mis ratos de ocio, leo, escucho música o veo películas. Solo en mis días libres espero, a veces, a ese otro yo que me obliga a escribir para intentar dar sentido a algo que sospecho que no lo tiene.
Desde los once o doce años no he dejado de escribir –a ratos, siempre de forma intermitente–, pero jamás he podido dedicarme plenamente a la literatura.
Cuando era niño me gustaba inventar historias. Ahora pienso que lo hacía porque eran una manera de escapar de la realidad que me había tocado en suerte. Mi infancia son recuerdos de un pueblo de la Mancha, una comarca que entonces, cuando aún no se había enfriado el cadáver de Franco, avanzaba muy despacio, lastrada por un atraso ancestral, incapaz de adaptarse al ritmo de los nuevos tiempos.
Crecí en una familia que arrastraba de generación en generación, como si se tratara de una maldición, la desgracia de dedicarse a la agricultura de subsistencia, una dedicación que nos implicaba a todos desde niños y que apenas nos daba para malvivir. En cuanto llegué a la adolescencia, hice todo lo que estuvo en mi mano para dar esquinazo a la maldición que nos perseguía. Nunca he creído a pies juntillas en los postulados del determinismo. Busqué otros trabajos que no tuvieran nada que ver con el campo. Hice todo lo posible para poder estudiar. Me fui a Madrid en cuanto cumplí los dieciocho años.
En Madrid conseguí lo que buscaba, que era desembarazarme de mi herencia familiar para intentar ser lo que yo me propusiera. No me salió gratis. Tuve que esforzarme a cada instante. Tuve que compaginar estudios y trabajo. Tuve que aceptar trabajos duros, mal pagados, casi siempre sin contrato ni derechos laborales. Tuve que renunciar incluso a dormir porque no estaba dispuesto, de ninguna manera, a perderme aquellos maravillosos años de mi vida. Ese fue el precio que pagué para conseguir el título de licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid.
Después de superar aquella meta volante, me contrataron como vendedor de discos en la Fnac. Era el primer trabajo que me gustaba y me concedió unos años de estabilidad laboral y económica. Tampoco me permití dormir demasiado en aquellos tiempos, que fueron propicios para vivir nuevas experiencias, probarme en diferentes retos artísticos, dedicarle algunas horas a la escritura y explorar diferentes caminos antes de decidirme por alguno.
Luego vinieron más decisiones cruciales, como dejar la Fnac para ser profesor de secundaria, o cambiar Madrid por Toledo para no vivir eternamente en un cuchitril o en una ciudad dormitorio del extrarradio.
En todo este tiempo, la única constante ha sido la literatura. Aunque he pecado de diletante en muchas ocasiones y tengo tendencia a dispersarme en proyectos que no me llevan a ningún sitio, y que, como decía antes, nunca he podido dedicarme profesionalmente a la literatura, he conseguido escribir y publicar algunos libros.
Nunca he sido capaz de decidirme entre la narrativa y la lírica. Desde mi adolescencia, he sentido con la misma intensidad la pulsión de escribir relatos, novelas y poemas. Quizá me hubiera convenido centrarme en un único género, pero hubiera sido como renunciar a una parte de mí mismo. Por eso sé que, aunque a veces me pierda por el camino, en algún momento llegará un nuevo poemario, o acabaré por fin otra novela, o encontraré un leitmotiv que me permita reunir en un libro otra colección de relatos.