TE SOY SINCERA

Cuando estaba a punto de llegar al bar donde había quedado con Marga, Elena pensaba en lo diferentes que habían sido las fases a lo largo del extenuante año que habían vivido desde que comenzó la pandemia. En el primer confinamiento, todo el mundo pareció volverse loco con las telecomunicaciones: llamadas a todas horas, videollamadas, interacciones en las redes, chateos interminables por wasap… Elena nunca había hablado tanto con sus amigos y amigas como durante aquellos meses. Todo el mundo estaba convencido de que estábamos en la antesala del apocalipsis y el que más y el que menos llenó su casa de botes de conservas y rollos de papel higiénico. El que más y el que menos inició un diario o una novela increíble en la que dejaría constancia de aquellos momentos críticos para la humanidad. Y luego todo quedó en nada, en poco. Para ella al menos. Elena no conocía a nadie que hubiera muerto y todos sus amigos contagiados habían tenido síntomas leves. Así que, cuando llegó el verano y el desconfinamiento, los reencuentros intentaron remedar las vidas que tenían antes de marzo, con un éxito relativo. Con la llegada del otoño todo se volvió más gris, rutinario, dentro de una normalidad deficiente que te quitaba las ganas de todo. Elena llamaba a sus amigos y amigas de vez en cuando, pero por lo que fuera llevaba varios meses sin hablar con Marga. Unos días antes, Marga le había enviado un wasap con la propuesta de quedar el viernes en una terraza de La Latina. La primavera invitaba a retomar las relaciones.

Marga había llegado primero y ya había ocupado una de las mesas. Se dieron un abrazo contenido, con las mascarillas puestas, y ocuparon sus asientos a una distancia prudencial, la una frente a la otra.

La conversación comenzó como todas, con vaguedades y lugares comunes, pero después de que el camarero les sirviera unas cervezas empezaron a ponerse al día:

–No me puedo creer que llevemos sin hablar tantos meses –dijo Elena–. Es horrible. Me paso todo el día trabajando y estudiando, y ahí se acaba todo, con tanto toque de queda y tanta mierda.

–Yo me muero de ganas por salir una noche a fiesta. Parece que fue hace siglos la última vez.

–Bueno, ya antes de la pandemia era más tranqui que en otros tiempos, pero esto ha acabado de cortarnos el rollo. No me lo voy a creer la primera noche que podamos ir a alguna disco.

–Se puede liar.

Treintañeras. Habían sido compañeras de piso durante su etapa universitaria. Marga había terminado trabajando en una empresa de marketing y Elena era profesora interina en un instituto.

–Oye, ¿y con Antonio qué tal? ¿Todo bien?

–¿No te conté lo que pasó en diciembre?

Elena negó con la cabeza.

–¿Pero desde cuando no hablamos? –continuó Marga–. Estaba convencida de que te lo había contado. Por eso no sabes nada.

–Yo creo que no hablamos desde antes de Navidad. En el año nuevo nos mandamos un wasap, creo. Pero no hablamos. Cuenta, cuenta…

–Pues poco antes de Navidad lo dejamos. No teníamos nada más que malos rollos, discusiones, se enfadaba por todo… Todo le sentaba mal, cualquier cosa que hacía. Lo dejamos, bueno, me dejó él, creo. Yo qué sé. Fue algo mutuo, un poco raro. Da igual. En Nochebuena ya me había dicho que lo nuestro…

–¿Pues sabes qué te digo, Marga? –la interrumpió Elena, que sintió que se quitaba un gran peso de encima al poder decir por fin lo que pensaba–. Que le den. Te soy sincera: siempre me pareció un impresentable. Y no te llegaba ni a la suela de los zapatos. Le das veinte mil vueltas en todo. Y es que, no te lo tomes a mal, ni siquiera me parece guapo. Sí, alto, cachitas, rubio, pero de los rubios feos, no sé si me explico. Que no es para tanto, vamos. Aunque él se piense que es un adonis. Y lo de que sea más o menos guapo es lo de menos, que ya sé que el amor es ciego y todo eso, pero es que es un tío que no tiene ningún mérito. ¿Cuál es su mayor logro? ¿Haber heredado el negocio de su familia? Nunca se ha tenido ni que preocupar por buscar trabajo. Un niño mimado y consentido. Seguro que quería que fueras su madre en lugar de su novia. Estos niñatos son todos así. Te soy sincera: me alegro mucho de que ya no estés con él.

–Ya, pero…

–Porque es un gilipollas –la cortó Elena, que veía en aquel momento la ocasión propicia para contarle a Marga algo que la llevaba atormentando mucho tiempo–, y un baboso. Mira, yo no te había dicho nada para no malmeter, pero se pasaba el tiempo mirándonos el culo a todas. Y las tetas. Si es que hablabas con él y parecía que le hablaba a tus tetas. Y en cuanto tenía ocasión, tonteaba con la que se le pusiera a tiro. A mí me ponía nerviosa. Se acercaba a ti con cualquier pretexto y, si te descuidabas, se le iba la mano. Es para lo único que hubiera venido bien esto de la pandemia: para mantenerlo a distancia. Porque se pasaba mucho, que yo me preguntaba por qué no te dabas cuenta.

–¿Pero se pasó contigo alguna vez?

–Pues mira, ya te lo cuento. Ahora ya da igual. ¿Te acuerdas cuando hace poco más de un año te lo llevaste al cumpleaños de Lidia? Yo creo que fue una de las últimas veces que salimos de fiesta antes de toda esta mierda. Pues el tipo se me insinuó. Estuvo toda la noche persiguiéndome, diciéndome lo guapa que estaba, lo maja que era… Yo me lo quité de encima como pude y no le di coba para que la cosa no acabara mal, que íbamos un poco pedo. Porque si le llego a reír las gracias no sé qué hubiera pasado, que no pasó nada, no te vayas a creer. Pero luego estuvo unos meses sin parar de darme likes a todas las fotos de mi Insta. Yo no le hice ni puto caso. Si ni siquiera lo seguía a él. Y no lo bloqueé porque estaba contigo. Lo bloqueo hoy mismo, ya te digo.  Si se cansó de darme likes es porque empezaría a hacerlo con otra. O con otras, porque estos son todos así. Ese tipo es un chulo, un prepotente, un niñato. Y un cuñao, para colmo, un cuñao de los gordos, que se piensa que lo sabe todo. Me sacaba de quicio que para todo tuviera una solución magistral, que yo no sé cómo no ha llegado ya a presidente del gobierno. Porque además es un fachilla, de esos de a mí la política no me importa pero voy a ponerme otra pulserita con la bandera de España y a meterme otra vez con la coleta de Pablo Iglesias. Te soy sincera: no sé cómo pudiste aguantarlo tantos meses. Pobrecilla la que termine con ese payaso. Ese tío solo te iba a traer disgustos y malos rollos. Que le den, Marga. Tú te mereces a alguien mejor. ¿No tienes a nadie en el radar ahora? No me digas que en tu empresa no hay ninguno que merezca la pena…

–Pues…

–Sí, ya, el problema es que estamos llegando a una edad en la que todos los buenos están cogidos. Pero no hay que desesperar. Hay mucho movimiento. A veces esto parece el juego de las sillas. Tan pronto están todas ocupadas como se levanta todo el mundo y hay un montón de sitios libres. Fíjate en mí, que llevo cuatro relaciones en los últimos dos años. En algún momento nos sonríe la suerte, ya lo verás. Seguro que estás tonteando con alguno, ¡a que sí!

–Si es que no me has dejado terminar, Elena, que parece que te han dado cuerda. Antonio y yo cortamos antes de Navidad, pero, fíjate qué cosas, hace justo una semana volvimos a vernos y nos hemos dado otra oportunidad.

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