LA FUERZA DEL VIENTO

Y justo en aquel momento, cuando estaba a punto de darse de alta en Instagram, Javier (también conocido como Xavi, pronunciando la equis como si fuera una che), hizo retrospectiva de su vida y al fin comprendió que llevaba más de dos décadas dejándose llevar por el viento que soplaba más fuerte en cada momento.

En la universidad, allá por los años 90, había formado parte del consejo editorial de varios fanzines, que era la forma grandilocuente de llamar al grupo de amiguetes que apoquinaban la pasta para financiar los proyectos fanzinerosos. Como casi todo el mundo con ciertos intereses culturales o políticos, ayudó a publicar al menos media docena de revistas que solo generaron beneficios en la fotocopiadora que manufacturaba los ejemplares.

Eran los tiempos del indie y Xavi, como casi todo el mundo, aprendió a tocar tres o cuatro acordes con la guitarra y acabó formando parte de varios grupos alternativos. Tocó en todos los garitos de Malasaña a cambio de un par de cervezas y salió alguna que otra vez en algún programa maquetero de Radio 3.

Todo aquello se desvaneció con la llegada del nuevo siglo. Como casi todo el mundo, acabó sucumbiendo a las ventajas comunicativas de Internet y se creó un Myspace en el que compartía las canciones que grababa en casa. Aunque tuvo que hacer una buena inversión inicial para montarse el estudio casero, a la larga le salía rentable porque se ahorraba el local de ensayo y los estudios de grabación profesionales. Con su proyecto en solitario participó en aquel proceso de saturación musical que inundó Internet de música amateur. El número de bandas y artistas era tan demencial que apenas tocaban a un par de oyentes por cabeza. Para colmo, fue entonces cuando se vino abajo el fastuoso pero débil entramado de la industria musical, que no pudo resistir la aparición del mp3, de la música en streaming y del pirateo de barra libre que se practicaba en España con total impunidad. Xavi, después de darse cuenta de que con aquella afición no llegaría a ninguna parte, decidió dejar la música, como le pasó a tanta gente más o menos por las mismas fechas.

Después de aquello, sintió un extraño vacío, aunque no tardó mucho en encontrar algo con lo que rellenarlo. En aquellos momentos estaban en auge los blogs y pensó que serían una buena ocasión para retomar su faceta de escritor, aparcada desde los tiempos de los fanzines. Los blogs, además, contaban con la ventaja de ser gratuitos. Como llamarse Javier le pareció demasiado vulgar (tenía al menos cuatro tocayos entre sus conocidos), decidió rebautizarse como Xavi, Xavi Gutiérrez, con una equis que sonaba como una che. Como casi todo el mundo, fantaseó con convertirse en un bloguero de éxito y llegó a poner en marcha al menos una docena de blogs, literarios, ensayísticos, de crítica musical o cinematográfica, y algunas misceláneas inclasificables con pretensión de diario a corazón abierto. Pero el mundo del ciberespacio estaba en constante cambio y muy pronto las nuevas redes sociales hicieron que los blogs parecieran una antigualla. El entretenimiento de los cibernautas exigía mayor velocidad y dinamismo, y los blogueros no tardaron en darse cuenta de que los tuiteros les adelantaban por la derecha. Como casi todo el mundo, Xavi abandonó los blogs y se enfrentó al reto de escribir aforismos ingeniosos en menos de 140 caracteres, que era lo que entonces permitía el timeline de Twitter.

Fue en Twitter donde descubrió la nueva poesía que triunfaba en las redes sociales. Los jóvenes poetas se hacían famosos a golpe de retuit compartiendo cursilerías, obviedades y consejos de coach oligofrénico, y Xavi pensó que eso lo podría hacer cualquiera, incluso él mismo. Como casi todo el mundo por entonces, empezó a escribir poemas breves con los que imaginaba que acabaría dándose un atracón de favs y retuits. Empezó firmándolos con un seudónimo, Xavi Blue, porque esa era la moda entre los poetas de Twitter, pero acabó rescatando su nombre de pila, Javier Gutiérrez Magdaleno, cuando muchos de aquellos jóvenes poetas crecieron un poco y decidieron, después de darse cuenta de lo inmaduro que era esconderse detrás de un alias ridículo, recuperar los nombres con los que sus padres los habían inmortalizado en el registro civil.

Durante unos años estuvo muy entretenido intentando hacerse un hueco pequeñito en el infinito universo literario de Internet y se autopublicó varios poemarios, como hacían por entonces casi todos los poetas.

Ni los aforismos ni los poemas le llevaron al estrellato y terminó aceptando que, una vez más, había fracasado. Como casi todo el mundo, la verdad, que es algo que siempre consuela.

Su último descubrimiento había sido Instagram, una red a la que durante años no le había hecho ni caso. Llegó allí por la poesía, pero lo que captó su atención fue la fotografía. Le pareció fascinante que los instagramers consiguieran tantos corazoncitos solo con buscar un encuadre adecuado y hacer un clic, por no hablar de la facilidad con la que se podían retocar las imágenes gracias a todos los truquitos de edición que ofrecían las nuevas tecnologías. Pero en el momento en el que estaba a punto de subir su primera fotografía al perfil que acababa de crear, como si se tratara de una epifanía, vio toda su vida en perspectiva y se vino abajo.

Llevaba veintitantos años siendo solo un títere al dictado de todas las modas y tendencias de cada momento, y no había logrado nada que no fuera perder tiempo y dinero. Con sus cuarenta y pico años no tenía mucho sentido seguir engañándose. Todo aquello tenía que terminar, de golpe, como deben dejarse los peores vicios. Se centraría en su trabajo, en sus hijos, en su mujer, y se dejaría de ilusorias fantasías que solo le habían reportado frustración.

No llegó a subir la foto a Instagram. Abandonó todas sus pretensiones artísticas y se dio de baja en todas las redes sociales, como hicieron por entonces casi todos los artistas y escritores fracasados de su generación.

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